Me acuerdo del primer beso, de los nervios, de no saber cómo se hacía, de tener sólo unas imaginaciones vagas sobre cómo podría ser. Recuerdo la primera clase que di, tan perfectamente, que podría pintarla con colores brillantes y llenar sus 90 minutos con explicaciones e inseguridad; el primer paseo por las calles de Colonia, el olor, mi bici holandesa pequeña. O la primera vez que hice una entrevista, en la que me sentía tan joven y menuda que no entendía cómo me iban a coger. Los nervios de mi primera carrera, después de muchos años; el primer viaje sola a Barcelona (¡Si hubiera sabido cuantísimos vendrían después!), el primer tinto de verano y la culpable sensación de flotar; todas esas veces en las que dije algo de lo que luego me arrepentí.
Hace 2 meses unos vecinos que van por los 60 me invitaron a tomar algo con ellos para celebrar su boda (aquí se acaban casando muchos por motivos fiscales). Al brindar, y entre risas, confesó la pareja que hace tiempo que peina canas que era “su tercera vez”. Al principio no me lo creí: ¡Cada uno ya había estado casado con otras 2 personas! Y lo contaban con tal ligereza, que me hicieron dudar. ¿Sería que con las repeticiones se pierde la emoción? ¿La intensidad? ¿La importancia? ¿Los nervios? ¿Los sentimientos?
Es verdad que la cantidad de adrenalina en sangre puede disminuir un poco con los años ante una situación que se escapa de nuestro control, pues en su lugar ponemos experiencia y autonocimiento. Eso sí, todo esto se consigue con una cierta dosis de entrenamiento y de autoobservación, porque aunque con menos mariposas en la barriga y un poco más reflexivos, es necesario haber pasado muchas veces por algo para poder integrarlo. Y nunca perder de vista que los años también nos dan un cierto don para el disimulo... ;-)