Hace unos días llegué pronto al gimnasio y me dio por mirar el programa de cursos para el día. Justo al lado están las fotos y los nombres de los entrenadores, y curioseé con la idea saber un poco más sobre los que llevo viendo 5 años rondando por allí. Entre otros me fijé en Julian, el musculoso de acuaerobic que tiene a sus más de 35 seguidoras envelesadas mirándole desde el agua y soñando con tener el equivalente a su cuerpo en femenino. Cada vez que veo la estampa desde el otro lado de la piscina no puedo evitar sonreír para mis adentros, pues a mí no me vende la moto: hace falta algo proteínico y no sólo ballet señorial acuático para tener cada centímetro del cuerpo así de desarrollado ;-)
Al grano: el caso es que de pronto supe que el que alimenta los deseos de muchas se llama Julian. Sí, J-U-L-I-A-N. Suena precioso, ¿no crees? Para mí suena a algo pre púber, suena a angelito con alas, a monitor de aerobic majete. Y, de repente, de camino al probador, me vino la revelación de la vida a la cabeza: prácticamente todos mis amores reales -y muchos platónicos- tenían un nombre que empezaba con esa letra o que contenían el sonido /x/. Sí, ese que los estudiantes de español tienen trabado en la lengua, pues entre la /d3/ inglesa y alemana y las dos grafías (g y j) para el mismo sonido en español, no me canso de hacer gárgaras en clase: ¡JJJJJJJJJJJJJJ, chicos! (Sin mucho resultado, todo hay que decirlo).
Así que en los primeros largos en la piscina revisé en mi memoria si era cierto: los Jorges, Juanpe, Joaquín, Juanlu, Jose Carlos, el joven Alejandro, Julio, Jose María, John, Javi... ¿Y qué me dicen de Jordi o Jaume? Incluso el bueno de Achim, que para los novatos se pronuncia tal “ají” español: “Ajim”. En Alemania están, además, los Jens, Jan, Jörg, Jörn... No sé que tiene la jota, que suena como música sexy y celestial en mi subconsciente. Enseguida imagino a un hombre de metro ochenta, fuerte y con mandíbulas desarrolladas que tiene también algo de adolescente eterno. Hmmm...
Pero es que aún hay más: de niña los fines de semana me levantaba por las mañanas temprano y me envolvía en una manta en el suelo del salón, e iba leyendo con el dedito las líneas del primer libro de lectura de mi vida. Así descubrí a Borja. Como canaria, me fascinaba, me maravillaba que alguien pudiera tener un nombre tan perfecto, con tanta unidad, tan “redondo”. Y recuerdo preguntarle a mi madre, extrañada. “¿Por qué se llama así?, ¿Por qué no hay Borjas en San Mateo (pueblito del centro de Gran Canaria, unos 5.000 habitantes por aquel entonces)?” Mi madre se encogía de hombros mientras yo le ponía cara y voz a mi nuevo amigo idealizado.
El otro día lo comentaba con Jose, el argentino de las ideas ocurrentes con quien se puede hablar de todo, y se apresuró a contestar, sonriente por un ron de más: “¡Cuidado, Sarita, que creo que no hace falta que te recuerde por qué letra empieza mi nombre!”
¡He resuelto otro enigma!: en realidad, no son los chicos los que tienen tirón, sino su nombre. ¡Qué sencillo! Ya no necesito hablar con las chicas del 4 de enero para que me asesoren. ;-)
Y a ti, ¿te pasa algo parecido? ¿Te has fijado en las coincidencias? ¿Se parecen en algo los nombres de tus ex?
Samstag, 26. Dezember 2009
Freitag, 18. Dezember 2009
Der Traumprinz o el Príncipe Azul
Desde hace años un grupito de amigas y yo nos reunimos en Tenerife el 4 de enero para vernos, hacer balance del año y comentar en voz alta los deseos para el año que viene. Somos todas canarias pero vivimos lejos, y lo que empezó siendo un reencuentro de viejas montañeras en la isla vacacional se ha convertido en un ritual al estilo de “Sex and the City”, pero más real.
Y, para qué nos vamos a engañar, después de casi 24 horas juntas de cháchara muchas veces nos damos cuenta de que el 70... digamos el 80 % del tiempo estuvimos hablando de chicos, hombres, relaciones... Llámenlo como quieran.
Lo gracioso es que si estamos las 4, a veces intentamos recordar los nombres de los protagonistas de las aventuras del año anterior de las otras, con lo cual acabamos buscando apodos: “el italiano”, "el pianista”, “el argentino”, “el místico”, “el alemán”. Resulta gracioso saber la forma que ese personaje se había ido creando a lo largo del año en las mentes de las otras, y al comentarlo siempre llegamos a la conclusión de que “bien está lo que bien acaba”. También se oye a menudo eso de: “Ese no era bueno para ti, te daba muchos quebraderos de cabeza” o “sólo era un lío del Erasmus”, “no vale la pena estar con chulos”, “ya aparecerá el que está para ti”, “sí, claro, te daba tranquilidad y estabilidad, pero te sentías apagada y triste” y tantos otros.
El caso es que ya he perdido la cuenta de los 4 de Enero que hemos celebrado esta singular tertulia, pero la conclusión es casi siempre la misma: “algún día llegará la persona que está para ti”. Las que en ese momento tenemos pareja también comentamos nuestras cosas, los asuntillos de la rutina, de la “vida conyugal”. A veces me asombra sentir un regusto casi imperceptible de desilusión en las palabras de todas. ¿No será porque tenemos estándares muy altos? ¿No será porque hemos crecido con una idea equivocada del hombre ideal? ¿Por qué tendemos a minusvalorar, al cabo de algunos años de relación, al que se levanta con nosotras cada mañana? ¿En qué momento empezamos a suspirar por el “verdadero príncipe azul”? ¿Les ocurre a todas?
Digamos que si mezclamos un poquito de Mac Gyver, la Bestia, Tarzán, Mike del coche Fantástico, Miguel Induráin o M.A. del equipo A y lo aderezamos con la voz Alejandro Sanz, nos daremos cuenta de que, efectivamente, el héroe de los '80 es, hoy por hoy, difícil de encontrar.
Y, para qué nos vamos a engañar, después de casi 24 horas juntas de cháchara muchas veces nos damos cuenta de que el 70... digamos el 80 % del tiempo estuvimos hablando de chicos, hombres, relaciones... Llámenlo como quieran.
Lo gracioso es que si estamos las 4, a veces intentamos recordar los nombres de los protagonistas de las aventuras del año anterior de las otras, con lo cual acabamos buscando apodos: “el italiano”, "el pianista”, “el argentino”, “el místico”, “el alemán”. Resulta gracioso saber la forma que ese personaje se había ido creando a lo largo del año en las mentes de las otras, y al comentarlo siempre llegamos a la conclusión de que “bien está lo que bien acaba”. También se oye a menudo eso de: “Ese no era bueno para ti, te daba muchos quebraderos de cabeza” o “sólo era un lío del Erasmus”, “no vale la pena estar con chulos”, “ya aparecerá el que está para ti”, “sí, claro, te daba tranquilidad y estabilidad, pero te sentías apagada y triste” y tantos otros.
El caso es que ya he perdido la cuenta de los 4 de Enero que hemos celebrado esta singular tertulia, pero la conclusión es casi siempre la misma: “algún día llegará la persona que está para ti”. Las que en ese momento tenemos pareja también comentamos nuestras cosas, los asuntillos de la rutina, de la “vida conyugal”. A veces me asombra sentir un regusto casi imperceptible de desilusión en las palabras de todas. ¿No será porque tenemos estándares muy altos? ¿No será porque hemos crecido con una idea equivocada del hombre ideal? ¿Por qué tendemos a minusvalorar, al cabo de algunos años de relación, al que se levanta con nosotras cada mañana? ¿En qué momento empezamos a suspirar por el “verdadero príncipe azul”? ¿Les ocurre a todas?
Digamos que si mezclamos un poquito de Mac Gyver, la Bestia, Tarzán, Mike del coche Fantástico, Miguel Induráin o M.A. del equipo A y lo aderezamos con la voz Alejandro Sanz, nos daremos cuenta de que, efectivamente, el héroe de los '80 es, hoy por hoy, difícil de encontrar.
Freitag, 11. Dezember 2009
Ya no importa
El otro día me preguntó una ex alumna que si me había sentido mal o si había sentido algo especial al cumplir 30. “¿Cómo fue?”, me preguntó con sus ojos chispeantes. “¿Hiciste algo especial?”. Me quedé pensando. En realidad, no fueron los 30, no fue ese día, no fue un momento concreto. Creo que, como en todo, los cambios se van fraguando, se van viendo venir, se “huelen”, hasta que un buen día, ¡zas!, están ante ti. Y forman parte de ti.
Una vez me dijo mi madre algo bonito, algo que había observado en sus hijas y en los niños del colegio, (que después de 30 años de servicio son más de unos pocos). Parece que antes de echar andar estamos, para desesperación de algunos padres, medio perdiendo el tiempo, jugando, haciendo como si no fuéramos a dar el primer paso, como si no nos decidiéramos. Y un día, de buenas a primeras, nos sentimos preparados, nos ponemos de pie y empezamos solos a dar pasitos, cuando nuestras madres hubieran pensado que podría haber sido antes. De alguna manera, fue en el momento preciso y en el lugar indicado.
Lo mismo ocurre en la pubertad, cuando parece que todos a tu alrededor ya han cambiado la voz, tienen pelitos en ciertas partes o usan sujetador y en tu cuerpo parece que no pasa nada. A la vuelta de unas vacaciones de verano, el vecino de pupitre es un joven larguirucho que ya no juega a la cogida en el descanso y a los demás nos parece que todo hubiera pasado de la noche a la mañana.
Pero no. Esos pequeños cambios se van fraguando poco a poco, cada día, con cada hormona, con cada pequeña experiencia, con cada vaso de leche que nos hará crecer un poquito más.
Esta vez sentí que a mí me había pasado lo mismo. De los 27 a los 29 puse a prueba todos los pilares de mi vida, aunque yo creía que eran ellos los que lo hacían solos. Y en ese proceso que me pareció interminable y en el que tenía la sensación de ser Mortadelo con dos interrogantes como patas, poco a poco los problemas se hicieron menores, los conflictos se difuminaron, las preguntas ya no me asaltaban, las piezas encajaban.
Ahora, muy poco tiempo después, me veo en situaciones que hace un año hubieran sido un problema y respiro aliviada: he comprendido algunas cosas de cómo funciona la siguiente etapa, me he reconciliado con algunos pasos que yo “suponía que todo el mundo tiene que dar alguna vez”, veo que hay cosas que no son tan malas y respiro tranquila, agradecida por el camino andado.
Una vez me dijo mi madre algo bonito, algo que había observado en sus hijas y en los niños del colegio, (que después de 30 años de servicio son más de unos pocos). Parece que antes de echar andar estamos, para desesperación de algunos padres, medio perdiendo el tiempo, jugando, haciendo como si no fuéramos a dar el primer paso, como si no nos decidiéramos. Y un día, de buenas a primeras, nos sentimos preparados, nos ponemos de pie y empezamos solos a dar pasitos, cuando nuestras madres hubieran pensado que podría haber sido antes. De alguna manera, fue en el momento preciso y en el lugar indicado.
Lo mismo ocurre en la pubertad, cuando parece que todos a tu alrededor ya han cambiado la voz, tienen pelitos en ciertas partes o usan sujetador y en tu cuerpo parece que no pasa nada. A la vuelta de unas vacaciones de verano, el vecino de pupitre es un joven larguirucho que ya no juega a la cogida en el descanso y a los demás nos parece que todo hubiera pasado de la noche a la mañana.
Pero no. Esos pequeños cambios se van fraguando poco a poco, cada día, con cada hormona, con cada pequeña experiencia, con cada vaso de leche que nos hará crecer un poquito más.
Esta vez sentí que a mí me había pasado lo mismo. De los 27 a los 29 puse a prueba todos los pilares de mi vida, aunque yo creía que eran ellos los que lo hacían solos. Y en ese proceso que me pareció interminable y en el que tenía la sensación de ser Mortadelo con dos interrogantes como patas, poco a poco los problemas se hicieron menores, los conflictos se difuminaron, las preguntas ya no me asaltaban, las piezas encajaban.
Ahora, muy poco tiempo después, me veo en situaciones que hace un año hubieran sido un problema y respiro aliviada: he comprendido algunas cosas de cómo funciona la siguiente etapa, me he reconciliado con algunos pasos que yo “suponía que todo el mundo tiene que dar alguna vez”, veo que hay cosas que no son tan malas y respiro tranquila, agradecida por el camino andado.
Sonntag, 6. Dezember 2009
“¡Estás estupenda!”
Recuerdo perfectamente aquel día de primavera. En Alemania empezaba a notarse la subida de temperaturas cuando en España seguro que hacía ya tiempo que calentaba el sol. Salía del dentista cirujano que me operaría en dos semanas: las muelas del juicio llevaban un tiempo dando la lata, había que sacarlas. En principio, nada fuera de lo normal. Pero recordé cuando de niña me iban saliendo y se me iban cayendo los otros dientes, los de leche, y de cuando oí hablar de las muelas del juicio. Eso lo tenían los mayores, y dolía mucho, eran unas muelas fuertes y resistentes que se tenían mucho más adentro. Eran “las del juicio”. Ahora me tocaba a mí, los de leche eran auténtica historia.
Como estaba por el centro, la tentación de H&M se hizo fuerte y entré. Era ese típico día en el que, alentada por las temperaturas, una se pregunta: “¿Y qué me pongo yo hoy? ¿Dónde estará la ropa de verano?” Entonces ves la tienda y entras. No sé si será culpa de la luz de nuestro baño, que te introduce en un increíble estado de tinieblas, o que hasta ahora no había querido darme cuenta, pero allí, entre esos espejos múltiples de los probadores de la marca sueca, tuve que pestañear varias veces para saber si ese pelo largo que me crecía justo por encima de las cejas era rubio o no. Con asombro descubrí, que no, que no lo era, (já!), sino que era blanco como los dientes aquellos de leche, y que no estaba solo, sino que eran un grupito. Salí a luz y los miré fijamente: sí, allí estaban, y sabía que se multiplicarían en los próximos años.
Sí, es verdad, son dos anécdotas sin mayor trascendencia, cosas por las que pasamos todos, pero algo de “ritual de entrada en la madurez” sí que tienen.
Eso fue hace unos 2 años. Desde entonces hasta ahora tengo unas cuantas cremas más que prometen resultados milagrosos, sé que la celulitis no es un mito, que a pesar de la inquietud vital que me caracteriza hay una larga serie de experiencias que ya he vivido, y ya menos cosas me hacen saltar de un brinco en busca de la próxima aventura.
Conclusión: a partir de ahora toca enfocar la estrategia de otra manera, no “desgastando” lo que se tiene, sino con un plan de ahorro a largo plazo, de mantenimiento sostenido, porque las cosas ya no se volverán más tersas, suaves y elásticas, sino lentamente más arrugadillas y canosas.
Como estaba por el centro, la tentación de H&M se hizo fuerte y entré. Era ese típico día en el que, alentada por las temperaturas, una se pregunta: “¿Y qué me pongo yo hoy? ¿Dónde estará la ropa de verano?” Entonces ves la tienda y entras. No sé si será culpa de la luz de nuestro baño, que te introduce en un increíble estado de tinieblas, o que hasta ahora no había querido darme cuenta, pero allí, entre esos espejos múltiples de los probadores de la marca sueca, tuve que pestañear varias veces para saber si ese pelo largo que me crecía justo por encima de las cejas era rubio o no. Con asombro descubrí, que no, que no lo era, (já!), sino que era blanco como los dientes aquellos de leche, y que no estaba solo, sino que eran un grupito. Salí a luz y los miré fijamente: sí, allí estaban, y sabía que se multiplicarían en los próximos años.
Sí, es verdad, son dos anécdotas sin mayor trascendencia, cosas por las que pasamos todos, pero algo de “ritual de entrada en la madurez” sí que tienen.
Eso fue hace unos 2 años. Desde entonces hasta ahora tengo unas cuantas cremas más que prometen resultados milagrosos, sé que la celulitis no es un mito, que a pesar de la inquietud vital que me caracteriza hay una larga serie de experiencias que ya he vivido, y ya menos cosas me hacen saltar de un brinco en busca de la próxima aventura.
Conclusión: a partir de ahora toca enfocar la estrategia de otra manera, no “desgastando” lo que se tiene, sino con un plan de ahorro a largo plazo, de mantenimiento sostenido, porque las cosas ya no se volverán más tersas, suaves y elásticas, sino lentamente más arrugadillas y canosas.
Montag, 30. November 2009
¿Tomamos un café?
De pequeña, cuando mi padre se paraba a media mañana para tomar un café o mi madre o mi abuela quedaban para desayunar con las compañeras en la cafetería de al lado del curro, no lo podía entender. Habían desayunado ya en casa, ¿por qué volver a hacerlo?
Luego oía siempre eso de “Veniros a tomaros el café a casa el domingo” o “vamos a casa de la abuela, a hacer la meriendilla”. Los mayores se sentaban en la mesa, con sus tacitas, tomaban ese mejunge negro retinto, oloroso y amargo a más no poder, le daban vueltas con su cucharilla y empezaban a hablar de cosas que me parecían super aburridas. (Para mí lo mejor era echar mano a escondidas de la leche condensada, acción por la que más de una vez me quemé los deditos al acercarlos demasiado a la cafetera).
Con lo años entendí que todo eso era parte de un ritual, pero me seguía pareciendo un tostón. Siempre lo mismo, el mismo café, o la misma infusión de hierbitas, alguna galleta seca y conversaciones sobre temas políticos o asuntos que ni me iban ni me venían. Muchas veces me sentía observada, no sabía qué podía decir, me iba a leer a otra parte o me buscaba una excusa para levantarme de la mesa.
En los últimos años ha ocurrido algo impensable: me encanta quedar con amigas a tomar un té. En Alemania los bares son diferentes, las cafeterías son más cómodas y agradables, gemütlich, la variedad de tés es mucho mayor y la necesidad de encontrar unos oídos y un corazón empáticos y femeninos me llevan a ansiar los momentos de la semana en los que quedaré con alguna amiga para tomar un café. Es la pausa del día o de la semana para explayarme con gusto, para hablar español, para escuchar los pensamientos de la otra y para reflexionar juntas sobre esto o aquello, sobre los nuevos desafíos de la maternidad, el nuevo trabajo o la vida en casa con la pareja.
Ni que decir tiene, que después de eso me siento como recién salida de la sauna: limpia, renovada, con nuevas energías y contenta por constatar que los rituales, si lo son aún después de muchos años, por algo será.
Con la barriguita caliente y el corazón más tranquilo, espero hasta el siguiente café o entrada del blog.
Luego oía siempre eso de “Veniros a tomaros el café a casa el domingo” o “vamos a casa de la abuela, a hacer la meriendilla”. Los mayores se sentaban en la mesa, con sus tacitas, tomaban ese mejunge negro retinto, oloroso y amargo a más no poder, le daban vueltas con su cucharilla y empezaban a hablar de cosas que me parecían super aburridas. (Para mí lo mejor era echar mano a escondidas de la leche condensada, acción por la que más de una vez me quemé los deditos al acercarlos demasiado a la cafetera).
Con lo años entendí que todo eso era parte de un ritual, pero me seguía pareciendo un tostón. Siempre lo mismo, el mismo café, o la misma infusión de hierbitas, alguna galleta seca y conversaciones sobre temas políticos o asuntos que ni me iban ni me venían. Muchas veces me sentía observada, no sabía qué podía decir, me iba a leer a otra parte o me buscaba una excusa para levantarme de la mesa.
En los últimos años ha ocurrido algo impensable: me encanta quedar con amigas a tomar un té. En Alemania los bares son diferentes, las cafeterías son más cómodas y agradables, gemütlich, la variedad de tés es mucho mayor y la necesidad de encontrar unos oídos y un corazón empáticos y femeninos me llevan a ansiar los momentos de la semana en los que quedaré con alguna amiga para tomar un café. Es la pausa del día o de la semana para explayarme con gusto, para hablar español, para escuchar los pensamientos de la otra y para reflexionar juntas sobre esto o aquello, sobre los nuevos desafíos de la maternidad, el nuevo trabajo o la vida en casa con la pareja.
Ni que decir tiene, que después de eso me siento como recién salida de la sauna: limpia, renovada, con nuevas energías y contenta por constatar que los rituales, si lo son aún después de muchos años, por algo será.
Con la barriguita caliente y el corazón más tranquilo, espero hasta el siguiente café o entrada del blog.
Freitag, 20. November 2009
Babyshow
Siguiendo con los posts anteriores y hechas las paces con los sueños persecutorios, me dedico ahora a coleccionar fotos de recién nacidos. Cada semana, cuando abro el correo, descubro algún email del tipo: “Menganita, nació ayer, con 50 cm y 3,600 kg. Mirad, qué preciosa”. “Juanito, nos sorprendió de noche, 4kg y 50 cm. Su madre y yo estamos muy contentos”. Seguidos de fotos con bebés de ojitos cerrados y piel sonrosada sostenidos por unas manos amorosas de madre.
Después, al cabo de unos meses, me llega la siguiente invitación: “Te invitamos a un babyshow con brunch el domingo tal y cual. La recién estrenada familia se alegra de verte y compartir contigo los primeros momentos de Juanita y/o Menganito”. Lo siento, soy una antigua católica apostólica, pero en mi tierra se invitaba al bautizo, ¿no?
Anonadada por la colección de nombres y de pesos que tengo que aprenderme, me pregunto cómo acabará todo esto.
Imagino -pues aún no lo soy- que la aventura de ser padre tiene que ser algo único, difícil de describir hasta que uno no pasa por ello. Cada vez más me siento parte de otra clase social, de otro grupo. Entre los amigos, están los que se acuestan derrotados a las 10 después del ritual de ducha, bibe y cuento y no sabes a qué hora será mejor llamarlos y los otros, que andan aún a la búsqueda de algún compañero para tener los deseados bebés. Pero a veces me pregunto: ¿Qué pasa con aquellos que están solteros y no los tienen? ¿Qué pasa con los que llevan muchos años en pareja y tampoco los tienen? ¿Qué pasa con aquellos que quieren uno y no pueden? ¿Qué pasa con aquellos que ya nunca los tendrán? ¿Cómo se siente uno cuando, ya después de unos meses, vas a casa de los amigos el domingo, llega Menganita te coge con su manita del dedito y te dice: “¿Ta?, ¿Mamá?”
Llegamos por fin a Ikea. Al lado han abierto una nueva nave industrial. Se llama “Babywelt” o “Babyworld”. Quizás encuentre aquí el regalito para el Babyshow de Juanito.
Después, al cabo de unos meses, me llega la siguiente invitación: “Te invitamos a un babyshow con brunch el domingo tal y cual. La recién estrenada familia se alegra de verte y compartir contigo los primeros momentos de Juanita y/o Menganito”. Lo siento, soy una antigua católica apostólica, pero en mi tierra se invitaba al bautizo, ¿no?
Anonadada por la colección de nombres y de pesos que tengo que aprenderme, me pregunto cómo acabará todo esto.
Imagino -pues aún no lo soy- que la aventura de ser padre tiene que ser algo único, difícil de describir hasta que uno no pasa por ello. Cada vez más me siento parte de otra clase social, de otro grupo. Entre los amigos, están los que se acuestan derrotados a las 10 después del ritual de ducha, bibe y cuento y no sabes a qué hora será mejor llamarlos y los otros, que andan aún a la búsqueda de algún compañero para tener los deseados bebés. Pero a veces me pregunto: ¿Qué pasa con aquellos que están solteros y no los tienen? ¿Qué pasa con los que llevan muchos años en pareja y tampoco los tienen? ¿Qué pasa con aquellos que quieren uno y no pueden? ¿Qué pasa con aquellos que ya nunca los tendrán? ¿Cómo se siente uno cuando, ya después de unos meses, vas a casa de los amigos el domingo, llega Menganita te coge con su manita del dedito y te dice: “¿Ta?, ¿Mamá?”
Llegamos por fin a Ikea. Al lado han abierto una nueva nave industrial. Se llama “Babywelt” o “Babyworld”. Quizás encuentre aquí el regalito para el Babyshow de Juanito.
Espermatozoide asesino
El jueves pasado creí que veía visiones: por el pasillo de la facultad descubrí que una alumna menuda y delgadita del semestre pasado de repente tenía una barriguita considerable. Me extrañó, pero seguí camino del comedor, donde me encontraría con Ana. Está embarazada de 4 meses, está bien, quería saber cómo le iba. Cómo no, las conversaciones giran en estos casos en torno a hospitales, síntomas, ecografías y nombres para bebé. Hacía 2 días que una amiga común había tenido a su hija prematuramente, ya perdí la cuenta del lugar que ocupa la chiquilla entre los niños de los amigos. En un año hemos pasado de 1 a ¿12? ¿20?
Unas horas más tarde, haciendo recados cerca de la hospital universitario, se me ocurrió tomar un té con un amigo en una cafetería acogedora, de esas que ponen tartas alemanas y tés sabrosos. En la mesa de al lado decubrí a 5 hermosotas gestantes en su último mes que hablaban acaloradas sobre la gimnasia pre-parto. Orgullosas, miraban su Mutterpass, el “pasaporte de madres” alemán, que recoge todos los datos, medidas, tamaños, pesos, frecuencias cardíacas y azúcar en sangre durante los meses del embarazo.
Yo en su época tuve el de notas, con el PA (Progresa Adecuadamente) y NM (Necesita Mejorar) decorado con cruces si se destacaba especialmente o con signos de menos si se iba más bien flojillo, pero viendo el orgullo con el que estas se lo pasaban unas a otras, te daba que pensar...
¡No me lo podía creer! Me perseguían, me buscaban, ¡me querían meter en su club!
Por la noche, en sueños, -es que fue así, lo aseguro- persigo a una lesbiana, la acabo destrozando con un extintor y, al terminar, salgo a la calle y descubro que todas, todas las mujeres, están embarazadas, me miran con cara de lástima y me dicen: “No sabes lo que te pierdes, chica”.
Se acabó. Voy a denunciar un caso de mobbing en la vía pública.
Unas horas más tarde, haciendo recados cerca de la hospital universitario, se me ocurrió tomar un té con un amigo en una cafetería acogedora, de esas que ponen tartas alemanas y tés sabrosos. En la mesa de al lado decubrí a 5 hermosotas gestantes en su último mes que hablaban acaloradas sobre la gimnasia pre-parto. Orgullosas, miraban su Mutterpass, el “pasaporte de madres” alemán, que recoge todos los datos, medidas, tamaños, pesos, frecuencias cardíacas y azúcar en sangre durante los meses del embarazo.
Yo en su época tuve el de notas, con el PA (Progresa Adecuadamente) y NM (Necesita Mejorar) decorado con cruces si se destacaba especialmente o con signos de menos si se iba más bien flojillo, pero viendo el orgullo con el que estas se lo pasaban unas a otras, te daba que pensar...
¡No me lo podía creer! Me perseguían, me buscaban, ¡me querían meter en su club!
Por la noche, en sueños, -es que fue así, lo aseguro- persigo a una lesbiana, la acabo destrozando con un extintor y, al terminar, salgo a la calle y descubro que todas, todas las mujeres, están embarazadas, me miran con cara de lástima y me dicen: “No sabes lo que te pierdes, chica”.
Se acabó. Voy a denunciar un caso de mobbing en la vía pública.
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